ÍNDICE

  • 1.  El colegio

     La instrucción pedagógica habitual había sido sustituida en el colegio por los preparativos de la Semana Santa. Fuera de ellos, las escasas horas de aula se rellenaban con historias y relatos referidos al tema: prédica y milagros de Jesús, apresamiento y comparecencia ante los jerarcas, crueldad del pueblo judío, culpable pasividad de los romanos, Vía Crucis…

    El hermano Manuel sufría ocupación singular en estos días, por los muchos cantos que las diferentes ceremonias religiosas requerían y por las largas jornadas de ensayo que para ello se precisaban. Tenía que atemperar las cristalinas y afeminadas voces de los cantores primeros, que solían pertenecer a los alumnos más jovencitos, con las de los cantores segundos, que daban un poco de cuerpo a las primeras por corresponder a alumnos algo mayores; y ambas, con las voces —ya definitivamente graves— de los alumnos más crecidos que hacían de cantores terceros. El rollizo fraile empeñaba todo su saber en sincopar voces, ajustar pausas, coordinar entradas, mejorar entonaciones y, en fin, tratar de conseguir que aquella caterva pareciese un coro. La salvación siempre venía de la mano del —ahora ausente— Hugo, o por mejor decir, de su prodigiosa garganta. Sus brillantes actuaciones como solista tapaban los pequeños defectos del grupo, dando a la coral una categoría por encima de su merecimiento. Entre los no pocos detalles que era necesario pulir, tropezó el hermano Manuel con un inconveniente que le causaba desazón. El caso era que en la primera estrofa de uno de los más reconocidos cantos que había de servir para abrir al día siguiente la misa del Jueves Santo, a la que asistirían las más notables personalidades de la ciudad, amén de un nutrido número de fieles, los cantores se empeñaban en estropear un si bemol con una respiración fea e innecesaria.

    —¡No, no y no! —se desgañitaba el fraile, agitando el aire con los brazos sobre su cabeza—. A ver, prestad atención. Solo los cantores primeros, el resto en silencio.

    El hermano Manuel golpeó dos veces el atril con la batuta y alzó lentamente los brazos ordenando el comienzo de la dichosa estrofa:

    «Vayamos jubilooooo-sos al altar de Dios…».

  • 2.  Los gitanos

    Lorenzo se incorporó al almacén de comestibles a las ocho de la mañana del lunes. Dijo a don Mariano que el hermano enfermero le había aconsejado que no cargase nada a la espalda durante algunos días, así que el dueño del almacén le encargó del reparto, que se hacía con una carretilla. Una vez hubo concluido la tarea, don Mariano le dejó abandonar el trabajo antes de la hora para evitarle esfuerzos excesivos. En vez de ir al colegio, Lorenzo fue a visitar a Antonio, un muchacho de su edad, sucio y mal vestido, que siempre andaba zascandileando por las calles, con el que había hecho amistad en sus salidas autorizadas y en sus escapadas clandestinas. Vivía en el poblado gitano, a un par de kilómetros de la ciudad por el sendero que discurre paralelo al río.

    Los gitanos eran gentes divertidas. Siempre estaban de buen humor y al oscurecer hacían hogueras para calentarse. Alrededor de ellas se organizaban tertulias y se cantaban alegres canciones que narraban historias que Lorenzo no entendía.

    Al día siguiente, tras acabar el bocadillo que le daban a la hora de la comida, Lorenzo pidió permiso para ausentarse porque —mintió— le dolía la cabeza. Don Mariano no se opuso, incluso consintió en que su ausencia se prolongase hasta que recuperase totalmente la salud. «Hay que tener cuidado con estos enfriamientos…», aconsejó.

    Corrió de nuevo a la chabola de su amigo Antonio. El campamento gitano era la libertad, allí Lorenzo amaba la vida.

    —Quiero hablar con el Lillo.

    —¿De qué?

    —Me voy a escapar del colegio y necesito esconderme hasta que pueda llegar a Madrid.

    —Jooodeeer. ¿Estás seguro? ¿Qué has hecho?

    —Nada. Pero no puedo seguir allí. Cuando hable con tu hermano lo entenderás.

  • 3.  Sábado de gloria

    Benedicto Gutiérrez Bermejo, más conocido en el cuerpo como el capitán Gúber, había nacido también un 13 de abril —pero cuarenta y nueve años atrás— en el seno de una familia acomodada de antigua tradición castrense. «El mismo día en que el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero del imperio austrohúngaro, decidió visitar Sarajevo en compañía de su esposa, como prueba de autoridad ante las fuerzas vivas de la recientemente anexionada Bosnia». Finalmente la visita no se llevó a cabo hasta el mes de junio, pero, tal como el capitán Gúber aseguraba, «la decisión se tomó el trece de abril de mil novecientos catorce, en reunión con sus principales consejeros. Una organización radical serbia conocida como la Mano Negra fue acusada del atentando que acabó con la vida de la real pareja. Estos fueron los hechos que desembocaron en la Gran Guerra».

    Así concluía el capitán de la Guardia Civil Benedicto Gutiérrez Bermejo la narración de la historia coincidente con su nacimiento, siempre que las circunstancias le brindaban la ocasión de hacerlo. Ahora, casi medio siglo después, el capitán Gúber cumplía años en la antesala del despacho del arzobispo de Valladolid, en compañía de don Luis y de monseñor Santos Moro, a la sazón obispo de Ávila.

    Su Excelencia Reverendísima había sido someramente informado por el obispo Santos, que a su vez recibió noticia de los hechos por parte del Provincial, primera persona a la que el anciano don Luis, prior del convento y director del colegio, se había dirigido cuando fue descubierto el cadáver de don Isidoro.

  • 4.  Domingo de Ramos y largo lunes

     

    El sábado llegó el camión que abastecía de carbón la caldera del colegio. Tras la descarga todo quedaba negro y polvoriento, así que al día siguiente, a pesar de ser Domingo de Ramos, a Lorenzo le encomendaron limpiar bien la carbonera y sus aledaños hasta que ni una brizna quedase a la vista. La tarea era ardua, pero facilitaba los planes del muchacho. Estaría solo y libre de deberes, oficios religiosos u otras tareas.

    A don Isidoro, el consejero, le extrañó que, en Domingo de Ramos y sin decir nada a nadie, el hermano Manuel abandonase el colegio apresuradamente a las cinco de la tarde. Su extrañeza aumentó al comprobar, durante la misa de Bendición que le tocaba oficiar, cómo el Tantum ergo era dirigido por el hermano Lucas.

    Como era costumbre y norma que quien oficiaba la Bendición celebrase también la primera misa del día siguiente, el consejero se retiró temprano a su cuarto. Se desvistió, puso un poco de música, encendió ritualmente uno de los generosos cigarros que le mandaban desde una orden hermana de Puerto Rico, se sirvió una copita de Marie Brizard y se acomodó en su sillón dispuesto a disfrutar, como cada noche, de aquellos sencillos placeres.

  • 5. La huida

    Las tres carretas, tiradas por bueyes, marchaban lentamente por una carretera secundaria poco concurrida a causa de su sinuoso trazado y por el mal estado general, empeorado por la nieve. A las diez y media de la mañana se detuvieron y acamparon en una de las dehesas que rodean el pueblo de La Cañada. Lo peor del camino había sido hecho. Coronar el puerto precisó el esfuerzo de todos los viajeros, pues la carretera se perdía bajo dos palmos de nieve en su ascenso entre loberas. Todos empujaron para ayudar a las bestias de tiro. Y una vez alcanzada la loma, tuvieron que sujetar las carretas en sentido contrario a la marcha para neutralizar la peligrosa pendiente de alguno de los tramos de bajada.

    En pocos minutos el campamento se inundó del olor al café que hervía sobre una hoguera que rodeaban los gitanos para coger calor. El sol luchaba por hacerse presente. La niebla se tragaba los cuerpos apenas se alejaban unos metros. Mariona, una hermosa y desaliñada gitana de veinte años, ofreció un tazón de leche a Hugo, cubierto por una manta. Este descubrió su rubia cabecita y tomó el tazón con las dos manos.

    —Ten cuidado, que está muy caliente —advirtió la muchacha, acariciando el ensortijado cabello del niño—. Cuando traigan pan del pueblo te prepararé un buen bocadillo. ¿De acuerdo?

  • 6.  Un ciudadano ejemplar

    A Lorenzo le pareció que el señor Antón era el vivo retrato del general De Gaulle. Desconocía la estatura del insigne militar y por eso no supo que al señor Antón le faltaban casi treinta centímetros para equipararse —realmente— al presidente francés.

    —Deja la caja sobre la mesa de la cocina. Allí, al fondo del pasillo.

    Embutido en una bata de paño a cuadros grises que le llegaba hasta los pies, siguió al muchacho hasta el lugar. Lorenzo esperó hasta que el hombrecillo le franqueó la entrada y dejó la caja con el pedido sobre la mesa.

    El pasillo presentaba puertas blancas a derecha e izquierda. Entre ellas, había láminas con grabados a color de escenas campestres. Todas estaban enmarcadas con moldura azul turquesa.

    La cocina era amplia y luminosa. Estaba limpia y ordenada. Azulejos blancos cubrían todas las paredes hasta una altura de metro y medio.

    —A ti no te conocía. ¿Eres nuevo?

    —No, señor. Llevo ya casi seis meses trabajando en la tienda de don Mariano.

    —Vaya, vaya. Así que seis meses, ¿eh?

    —Sí, señor. Desde noviembre.

    —¿Y cómo es que yo no conocía a un muchacho tan guapo? —Lorenzo calló—. ¿Cómo te llamas?

    —Lorenzo.

    —¿Cuántos años tienes?

    —Catorce.

    —¿Y dónde vives?

    —En el colegio, con los frailes.

    —¿Te apetece un café con leche?

  • 7.  Dos cabalgan juntos

    El cuartel de la Guardia Civil tenía un aspecto deprimente. Docenas de carpetillas formaban torres sobre las mesas metálicas. Las paredes clamaban por una mano de pintura. Las viejas sillas maltrataban con sus ruedas atoradas el ya deteriorado sintasol del piso. Olía a tabaco negro.

    —¿El capitán Gúber, por favor?

    El agente levantó la vista de la vieja Lexikon 80 y escrutó con la mirada al elegante cura que estaba al otro lado del mostrador.

    —¿A quién anuncio?

    El despacho del capitán también era viejo y austero, pero se mostraba más presentable. A espaldas del capitán Gúber, el general Franco y José Antonio Primo de Rivera decoraban la pared.

    —¿Qué tal sus indagaciones en el colegio, padre?

    —Llámeme Alfonso, por favor. Algo tenemos, no mucho —el cura dejó una carpeta sobre la mesa y la empujó suavemente hacia su interlocutor—. Aquí le traigo un informe de mis averiguaciones. Hay algunas cosas que le van a gustar.

    El capitán siguió con la vista la carpeta, pero no la tocó. Sacó de su guerrera la cajetilla de Rumbo y volvió a ofrecer un cigarrillo al visitante, que lo rechazó con un gesto amable.

    —Debo reconocer que es usted muy diligente. Me temo que todavía no puedo corresponder, pero yo también tengo algunas cosas que contarle —encendió el cigarrillo—. Hágame un resumen, por favor. Esta noche leeré con todo detenimiento el informe.

    —¿Sabemos algo de los niños?

  • 8.  Perdidos en la gran ciudad

    Sin idea cierta de lo que debían hacer, los hermanos bajaron por el Paseo de Extremadura con la mirada puesta en los escaparates y en los edificios, tan diferentes de los de la pequeña ciudad de la que venían. En el número 79 había una pequeña pastelería con un vistoso escaparate. Se detuvieron ante él con ojos golosos. Entraron y compraron un milhojas.

    Unos metros más abajo, mientras daban cuenta del voluminoso pastel, les llegó el penetrante e inconfundible olor a heno de una vaquería cercana. El local se dividía en dos partes: la lechería y el establo, que, con sus grandes puertas de par en par, dejaba ver cómo media docena de frisonas entretenían el tiempo rumiando mientras espantaban con el rabo las moscas que quedaban a su alcance.

    —Vámonos ya, que aquí huele fatal —ordenó Lorenzo—. Me están dando arcadas.

    —Pues a mí me gusta el olor.

    En la esquina con la calle Guadarrama estaba el bar Vela y, a la puerta, como todas las mañanas desde hacía años, una mujer escuálida, de ojos grandes y ojeras grises, pedía limosna desde una ruinosa silla de ruedas. Hugo se paró a un metro escaso de aquel montón de huesos de ojos hundidos y mirada hambrienta. Lorenzo le empujó discretamente.

    —Vámonos ya.

    El niño miró a su hermano, e iniciando la marcha, preguntó:

    —¿Qué le pasa a esa mujer?

    —Yo qué sé. Estará enferma.

    —Pues a mí me da pena. ¿Por qué no va al médico?

    —Porque es una pordiosera. Venga, olvida que la has visto y acábate de una vez el milhojas.

     

  • 9.  El general Mendes y la ampicilina sódica

    Todos los hechos tienen antecedentes que los explican. Sin ellos, no se comprenden.

    La penicilina había revolucionado la medicina desde que Alexander Fleming la descubriera –al parecer por casualidad- en 1928. Hasta veinte años después no se comercializó oficialmente en España. Quienes podían permitírselo se la hacían traer de Inglaterra a precio de oro. De esta manera la tuberculosis dejó de ser una enfermedad mortal entre las clases adineradas, si bien no eran las más necesitadas en una España aún hambrienta y llena de precariedad. Se la conocía como Penicilina G Benzatina y se fabricaba en ampollas inyectables de uso intramuscular. La vía oral resultaba ineficaz, porque la hidrólisis gástrica neutralizaba el efecto antibiótico.

    Los resultados de aquel fármaco fueron tan espectaculares que la demanda se disparó y los laboratorios que lo importaban no daban abasto. Así se creó un consorcio formado por laboratorios españoles de pequeña capacidad industrial que operaban en ámbitos locales con el propósito de acometer la fabricación nacional de la milagrosa penicilina. Finalmente concentraron sus capitales y construyeron una moderna fábrica en León.

    Fue un éxito sin precedentes. Temibles enfermedades como la citada tuberculosis o la sífilis fueron combatidas y en buena medida erradicadas. Otras, como la gonorrea o la fiebre tifoidea, pudieron controlarse mediante la penicilina u otros derivados antibióticos.

    Fue un gran bien y un inmenso negocio.

  • 10. Josefa García

    Miserables bloques de viviendas se alzaban sin concierto aparente sobre solares embarrados, formando hileras que más tarde habrían de convertirse en calles. Allí sobre un altozano apenas accesible; aquí sobre una vega, anegada ahora por las últimas lluvias que obligaban a los vecinos a trabajar achicando el agua que inundaba los portales. Todos los bloques iguales, con cinco alturas que miraban al cementerio desde su inquebrantable fealdad y desnutrido aliño de materiales baratos. «Poblado dirigido de la Nueva Elipa», rezaba un cartelón a la entrada de aquel lodazal en que la constructora Euro Urban había convertido un sinfín de huertas arrebatadas a los gitanos, que poblaban desde hacía doscientos años aquellos arrabales.

    Pero estos habitáculos pequeños, feos, deficientemente construidos y mal comunicados, representaban la definitiva emancipación de centenares de familias que al fin lograban abandonar el alquiler de «habitación con derecho a cocina» para disponer de una vivienda para ellos solos. Solos. Con sus hijos, claro, y en no pocas ocasiones con los progenitores, cuya casa o tierra malvendida en el pueblo había servido para dar la entrada del piso y comprar unos pocos muebles.

    La entrega de llaves de la primera fase de viviendas trajo un festejo prolongado entre aquellos primeros colonos que se abrazaban enseñándose las llaves unos a otros como para certificar que aquello no era un sueño. Poco importaba que el agua no fluyera con regularidad o que los cortes de electricidad fueran habituales compañeros.

    Los niños, por su infinita vitalidad y desbordante imaginación, se adaptaban a las circunstancias arrancando de ellas paraísos incomprensibles para los adultos. Así, Hugo pronto fue feliz en la Nueva Elipa.

     

  • 11. Certezas y sospechas

    Lo único interesante encontrado durante el exhaustivo registro que Gúber ordenó en casa de Antón Balarín fue una agenda y un diario de anotaciones. El resto parecía carecer de interés para la investigación, salvo, tal vez, la profusión de objetos valiosos en poder de una persona de costumbres sencillas y de economía media, si bien desahogada: varias pinturas originales de afamados artistas contemporáneos; dos jarrones de porcelana china de considerables dimensiones; una colección de dieciséis grabados de Picasso, numerados y lujosamente encarpetados en piel, que habían sido adquiridos en una subasta de un conocido anticuario madrileño, según rezaba en la factura que más tarde se encontraría en el escritorio, junto a la póliza de seguro de una cubertería de plata que era un regalo de un banco. Y a todo ello había que sumar un notable surtido de joyas.

    Desde luego, el robo podía descartarse como móvil del crimen. Es más, resultaba sorprendente que el asesino —o asesinos— hubiesen respetado tan importante botín, que sin duda habrían encontrado con facilidad, pues nada estaba bajo llave. Asimismo, la casa no presentaba signos de violencia. Cada cosa parecía estar en su sitio. La puerta no había sido forzada y la caja fuerte, empotrada en la pared del salón y oculta tras los estantes de la librería que rodeaba la chimenea, no parecía haber sido forzada.

  • 12.  El gran negocio

    Se fundieron en un abrazo vigoroso y prolongado.

    —Estás estupenda —exclamó el médico, tomando las manos de la mujer al separarse y abriendo los brazos como si fuesen a iniciar un baile. Paseó la mirada por el cuerpo de ella—. Estás mejor que cuando nos dejaste, más guapa y más joven.

    Asunción y Avelino habían hablado por teléfono un par de veces, pero todavía no se habían visto. Volvieron a abrazarse en el recibidor de la casa de Antón.

    —¡Señor! ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¿Cómo hemos consentido este distanciamiento?

    Asunción permanecía en silencio, pero la alegría de sus ojos hablaba por ella. Mientras recorrían el largo pasillo, se colgó del brazo de Avelino, musitando: «Avelino, mi querido Avelino…».

    Ocuparon el sofá que miraba al fuego. El hombre rechazó con un gesto el cigarrillo que la hermana de Antón Balarín le ofrecía.

    —Qué raro se me hace estar aquí sentado sin tu hermano. Qué horrible y misteriosa tragedia encierran estas paredes. Todavía me cuesta creerlo. Ha sido espantoso, Asunción. Pobre Antón, no merecía lo que le hicieron.

    —Así que habéis seguido viéndoos.

    —¿Quiénes?

    —¿Cómo que quiénes? Antón y tú. ¿De quién si no estamos hablando?

    —Perdóname, querida, estoy un poco aturdido… Creo que estar aquí, contigo, después de todos estos años… La alegría de verte se mezcla con el pesar de la tragedia… No sé qué me pasa, perdóname —hizo una breve pausa—. ¿Vernos? Mucho más que eso, querida. Antón y yo estábamos juntos en un negocio. Un negocio bastante lucrativo y que ahora, su muerte… —Asunción aspiró una profunda bocanada de su mentolado, poniendo todo su interés en lo que el médico contaba— puede traer consecuencias imprevisibles.

    Tomó la mano de Asunción y dijo con un hilo de voz:

    —Vas a tener que ayudarme, cariño.

    —Me estás asustando, Avelino. ¿Ese negocio del que hablas está relacionado con la muerte de Antón?

  • 13.  Asuntos sucios

    Once de abril de 1963. Jueves Santo. Sentada sobre la hierba, todavía húmeda, de la parte oeste del lago de la madrileña Casa de Campo, Genara Ochandiano, la Jenny, interrogó a Tina con la mirada tras la sorprendente revelación que acababa de hacer el mayor de los hermanos.  Tina le devolvió la mirada y la dueña de la pensión América comprobó que ambas estaban igual de sorprendidas.

    «No venimos de Alicante ni esperamos a que algún familiar venga a buscarnos. Nos hemos fugado del colegio en el que vivíamos. Estaban torturando a mi hermano y ya no podíamos aguantar más».

    Lorenzo aplastó la colilla del cigarrillo sobre la hierba y restregó la ceniza hasta que las brasas se apagaron.

    —No puedo seguir mintiendo a personas que se están portando tan bien con nosotros. Desde que mis padres murieron no había tenido un día tan feliz como hoy. Ojalá podáis ayudarnos, porque no sé qué vamos a hacer ahora.

    Las dos mujeres se quedaron mudas. Volvieron a mirarse la una a la otra y después miraron al chico. Les costaba digerir lo que acababan de escuchar.

    Hugo se incorporó al grupo. Tal vez por el silencio reinante, que contrastaba con la alegre conversación de minutos antes, o quizás por el adusto gesto que el trío presentaba, debió de intuir que algo no iba bien.

    —¿Qué pasa? ¿Por qué estáis tan serios?

    —Acabo de contarles la verdad, Hugo.

    Hugo miró a Tina y esta no pudo evitar extender los brazos hacia el niño, que corrió a refugiarse en ellos.

    —¿Entonces no son sobrinos tuyos?

    —No les había visto nunca

     

  • 14.  El compromiso

    Josefa preparó la comida y compuso la mesa con la solemnidad que a su juicio merecía el reencuentro con su hija.  Cubrió la mesa con el mantel de hilo que doña Rosa había bordado con paciencia y primor como regalo de boda cuando se casó con Nicolás. «¿De qué querrá hablarme? Nico dice que no me preocupe, que es importante pero que no es malo. ¿Querrá anunciarme boda? Lo cierto es que hace meses que no sé nada de ella, aunque si anduviera de novia Nico me lo hubiese dicho, supongo. ¿Qué podrá ser?».

    Josefa no paraba: iba a la cocina, vigilaba el horno, regresaba al salón, recolocaba platos, vasos, servilletas… Volvía a la cocina, partía pan, lo metía en un cestillo, de nuevo al salón a dejarlo sobre la mesa, miraba el reloj, se sentaba. A los dos minutos se levantaba, iba hacia la puerta, acercaba el ojo a la mirilla...Volvía al salón, estiraba el mantel para deshacer una arruga... «Para qué disimular, estoy hecha un flan. Qué te pasa, Josefa. No irás a llorar ahora que están a punto de llegar». Finalmente se dejó caer sobre una silla y sin poder reprimirse comenzó a llorar. Se tapó el rostro con las manos, como si quisiera ocultar al mundo su debilidad. Se abandonó al llanto porque sentía que le hacía bien, que con aquel torrente de lágrimas se iban algunos demonios que la comprimía el espíritu.

  • 15.  Desaparecidos

    La presión por encontrar a os niños aumentaba. El ministro, tras haber mantenido unas cuentas conversaciones con jerarcas de la Iglesia, había puesto a disposición de la investigación todos los medios. Y Gúber y Teruel decidieron aprovecharlo: radio, prensa y televisión, ya sin las cautelas de los primeros días. Extrañamente a las autoridades les parecía mayor quebranto la fuga de los estudiantes que el triple asesinato. Cientos de fotografías como las que se mostraron en periódicos y pantallas fueron distribuidas en cuarteles y comisarías de toda la península. Sin embargo, no hubo resultados.

    —Parece que la tierra se los ha tragado —expresó con desolación el capitán Gúber después de haber hecho pasar a todos los gitanos de El Berrocalejo por el cuartel, incluidos los niños.

    Poco después el padre Teruel tuvo una larga conversación con el hermano mayor del gitanillo Antonio:

    —A mí no me engañáis. Me consta que los niños han recibido vuestra ayuda.

    El gitano guardó silencio. El cura le había citado en el café de doña Esperanza, pero el gitano había preferido el encuentro al aire libre, paseando por la ribera del Adaja.

    —Lo que quiero decir —continuó el cura, ahora con acento cálido y cercano— es que no os lo reprocho. Te aseguro que yo hubiera obrado igual de haber conocido la situación, ¿me comprendes?

    —Yo no sé de qué situasión me está usté hablando.

    Luis era un poco más bajo que Alfonso Teruel. Una melena larga y oscura cubría parte de su rostro.

    —Sabes de sobra a lo que me refiero.

    —Y yo le vuelvo a desir que no sé na, padre, y si gasta medias palabras no nos vamos a entender.

     

  • 16.  La jungla de asfalto

    Tina puso un espejo de mano frente al niño para que se percatase de la transformación experimentada. Josefa y Lorenzo estaban presentes.

    —¿Qué te parece el cambio, chiquitín?

    Hugo, muy serio, permaneció un minuto sin desviar la vista del espejito. Después acercó su rostro al cristal un instante, sin abrir la boca. Finalmente miró a su hermano y miró a la muchacha.

    —No parezco yo —sentenció.

    —Esa es la finalidad —dejó el espejo sobre la repisa del lavabo y se inclinó para besar a Hugo en la mejilla—. Como podéis comprobar, este niño está guapo se le haga lo que se le haga.

    El cabello de Hugo ya no era rubio, largo y rizado; ahora era castaño oscuro y cortado a cepillo. Y esto le hacía prácticamente irreconocible.

    Josefa aprobó con un gesto la transformación. Lorenzo quedó tan impresionado que no hizo comentario alguno. No parecía él. Era como si le hubiesen cambiado a su adorado Hugo por otro, pero esa tristeza venía mezclada con la tranquilidad que la transfiguración le proporcionaba. El niño que tenía delante no se parecía al que figuraba en la fotografía que publicaban los periódicos.

    —Tu turno, Lorenzo. Todavía estás a tiempo de rectificar. Hay otras formas de…

    —Adelante —la interrumpió, sentándose en el taburete que acababa de abandonar su hermano.

    —¿Estás totalmente seguro? Mira que luego no hay vuelta atrás…

    —Adelante, Tina.

     

  • 17.  La búsqueda

    Los martes no tocaba gramática, pero cuando Lorenzo llegó a casa, Hugo estaba intentando aprenderse los verbos. Abrió la puerta a su hermano y se colgó de su cuello. Lorenzo se lo echó a la espalda como si fuese un muñeco de trapo y empezó a galopar alrededor de la mesa del salón para hacerle aterrizar sobre la cama de su cuarto.

    —¿Dónde está la señora Josefa?

    —La tía ha bajado a la tienda y me ha dicho que tengo que aprenderme los verbos, que ella vendrá enseguida. ¿Y tú dónde estabas?

    —Tenía cosas que hacer en Madrid, enano. ¿Hoy no tocaba aritmética?

    —Ya, pero como tú no estabas me tengo que aprender de memoria los verbos que dimos ayer. Y no me llamo enano, ahora me llamo Rodrigo, como el Cid, a ver si te enteras —apenas pudo terminar la frase tratando de zafarse de las cosquillas que le hacía su hermano.

    Al poco rato regresa Josefa un poco apurada, quejándose de que la tendera la ha entretenido demasiado. Hugo quiere que le pregunte los verbos. La tía dice que lo haga Lorenzo, que ella tiene que ocuparse de la comida, y que después mire a ver si puede resolver el hilo de agua que se escapa del grifo de la cocina. Hugo falla en el modo subjuntivo y su hermano le anima a seguir memorizando los dichosos verbos.

    Bajo la tuerca de cabeza del grifo hay dos anillos de caucho; uno de ellos está deshecho de tan desgastado.

    —Mira en la caja de herramientas, a ver si hay alguna zapata que pueda aprovecharse —le dice la tía.

     

  • 18.  El suceso

    Desde el garaje de Espíritu Santo se accedía directamente al negocio. Sebastián Valdivieso aparcó su flamante Seat 1400 C y se dirigió al sótano del Neptuno, donde Pacón ayudaba al Negro a repintar unos falsos tabiques de cartón para decorar el pequeño escenario en el que al día siguiente actuaría una rutilante estrella del momento. Aunque los clientes del local que regentaba el exguardia civil Valdivieso solían estar ya un par de pasos por delante de aquella incipiente moda yeyé que empezaba a impregnarlo todo, contar con Rosalía era apuntarse un tanto; un lujo para el cabaré de don Sebastián, que ganaría prestigio además de llenarle el local, permitiéndole gallear ante personajes de cierto relieve, que naturalmente no olvidó invitar.

    Subió a su despacho, dejó la chaqueta y la bufanda sobre uno de los confidentes. Se preparó una copa de Courvoisier calentándola con las manos durante un rato, dio un sorbo corto y mantuvo el líquido en la boca un momento. Comenzó entonces el rito de encender un Montecristo. Con los labios húmedos de coñac, dio la primera chupada al cigarro y soltó la nube de humo apuntando a la lámpara de cristal que pendía del techo. Descolgó el teléfono y marcó el número del hotel Capitol. Nico se presentó tan pronto como pudo sortear la vigilancia de don Gregorio.

    —Mañana será una gran noche y espero un lleno total. Tengo casi todo reservado. Voy a necesitar ayuda, Nico.

     

  • 19.  La quimera del oro

    Aprovechando unas diligencias que Gúber tiene en Valladolid, los investigadores se encuentran en el pequeño despacho que han habilitado para el padre Teruel en la prelatura. Urgidos por sus jefes, han de redactar un informe explicando los pormenores y progresos de la investigación, así como el estado actual de la misma. Ambos son sabedores de lo poco gratificante que el informe iba a resultar a sus superiores. A casi un mes de los hechos, la investigación sigue prácticamente a ciegas.

    El capitán es partidario de incluir en el escrito las sospechas, más que fundadas, de que en el colegio se practica la pederastia de forma habitual desde hace años y que Hugo era una de las víctimas. Unido eso a los indicios que apuntan al hermano mayor como posible autor del envenenamiento del anís, podría explicarse el porqué de la fuga de los muchachos y dar un poco de cuerpo al informe.

    La policía ha identificado huellas de Lorenzo en dos sitios diferentes del cuarto de don Isidoro: en el cristal del aparador y en la gaveta del escritorio. Gúber obtuvo las huellas de Lorenzo del palillero que había en un plumier, junto a otros enseres encontrados en la taquilla del muchacho.

    Lo que no podían explicar es el cómo ni el cuándo de la fuga. Teniendo en cuenta el general desconcierto del Lunes Santo, motivado por la aparición del cadáver de don Isidoro, la ausencia del hermano Manuel, la llegada de la policía y el mutismo general de los alumnos, la fuga pudo haber ocurrido en cualquier momento dentro de las veinticuatro horas precedentes a la mañana del martes

    ¿Pero qué se sabía de su paradero? ¿Qué habían averiguado de los homicidios de Ávila? No. El informe no iba a ser del agrado de los jefes de Gúber y Teruel.

     

  • 20.  Un lugar en el sol

    Amaneció el mejor día del año. Ni viento, ni nubes, ni frío. El sol reinaba sobre un cielo azul casi blanco, llenando de luz cada rincón de Madrid. Los castaños que dibujaban la todavía sin asfaltar avenida principal de La Elipa festejaron el acontecimiento cubriéndose de brotes. Abrigos, bufandas y aun chaquetas y sombreros quedaron olvidados en armarios y percheros.

    Los bares se apresuraron a montar terrazas de verano coloreando calles y plazas con sus vistosas sombrillas, y las aceras se llenaron de mujeres jóvenes ataviadas de alegres y vaporosos vestidos que realzaban su atractivo y desprendían efluvios de seducción. La primavera, al fin, tenía a bien hacer acto de presencia.

    Aquella mañana Josefa se acicala con esmero, se pone un vestido discretamente estampado, que le es manifiestamente favorable, se echa un chal sobre los hombros y se presenta en el despacho del señor Girón, su antiguo jefe.

    —Feliz de verla de nuevo, Josefa. Confieso que me sorprendió su llamada, pero me alegré de recibirla. ¿Cuánto hace que nos dejó?

    —Un año para cuando acabe el curso.

    —Es verdad, cómo pasa el tiempo. En su caso para bien, porque la veo más joven y más guapa que cuando estuvo con nosotros. —La mujer agradece el cumplido. El director se repanchinga en el sillón, adoptando una pose de estudiada y señorial coquetería. Lleva el cabello cano impecablemente peinado a raya y bigote recortado a lo Melvyn Douglas. Viste traje gris marengo, camisa blanca y corbata azul cobalto con discretas rayas rojas.

     

  • 21.  El plan

    Recorrieron el paseo de Zorrilla al mediodía. En la radio del coche de Rogelio hablaban de la soberbia carrera realizada por José María Busquet en el circuito de El Retiro, con motivo de las fiestas de San Isidro, donde se había impuesto al resto de los motoristas con una velocidad media de casi ciento diez kilómetros por hora; el soviético T. V. Petrossyan se alzaba en Moscú con el campeonato del mundo de ajedrez; Milán y Benfica se jugaban al día siguiente la Copa de Europa Lisboa.

    El cielo era sombrío. Cruzaron la plaza de Zorrilla, tomaron la calle de Miguel Íscar y enfilaron Duque de la Victoria. El número doce era un edificio de la segunda mitad del siglo XIX de estilo francés y arquitectura palaciega, levantado en los antiguos terrenos del monasterio franciscano y construido según planos del arquitecto Antonio Iturralde. En 1900 había sido adquirido por el Banco Castellano de Valladolid. El palacio estaba rodeado de un cuidado jardín protegido por una ampulosa valla de hierro.

    Rogelio tampoco sabía gran cosa acerca de cajas de seguridad, pero le encandiló la idea de averiguar qué se podía hacer con aquella llave. «El lunes podemos ir a conocer ese banco» dijo, cuando Nico y Lorenzo le hablaron del asunto en el Price, en un intermedio entre Los Sonor y Los Tonys. Lorenzo no podría faltar al trabajo, pero tampoco era imprescindible su presencia. Le acompañaría Nico, que el lunes, precisamente, le tocaba librar. Habían quedado en la cafetería del mercado de Olavide a las ocho de la mañana, recién terminado el turno de Nico. Peinados y encorbatados fueron a buscar el escarabajo de Rogelio que dormía en un garaje cercano y salieron de la ciudad por el Arco de la Victoria, al que Rogelio llamaba El laurel de Paco.

  • 22.  Ensayo de un crimen

    Lorenzo telefoneó al hotel Capitol desde el gimnasio. Julita contestó que Nico había salido a un recado y que había dicho que le esperase en el Neptuno, que no tardaría. Cuando llegó, Mabelita estaba discutiendo con su novio a través del teléfono del pasillo: «¿Que qué quiero? ¡Al Agá Kan, no te jiba!». Vestía una camiseta de tirantes corta y holgada que permitía apreciar el bamboleo de los senos —sin sostén— bajo la tela, ya que, nerviosa, no dejaba de moverse, lo cual, además, dejaba entrever de vez en cuando la redondez de las nalgas, a las que un diminuto pantaloncito elástico ceñía. Lorenzo saboreó sin prisa el panorama mientras esperaba a que terminase de hablar. «¡Anda y que te ondulen, muñeco!». Mabelita colgó tan impetuosamente que estuvo a punto de romper la baquelita del auricular. Se disculpó ante Lorenzo con un beso en la mejilla.

    —¿Sabes si está Miguel?

    —En el sótano lo tienes —se alejó golpeando las baldosas con los tacones.

    Los lunes el Neptuno cerraba al público. Era el día para guardar enseres de atrezzo, organizar el almacén, ordenar vestuario, hacer limpieza y mantenimiento general. El jefe se había llevado a Pacón y a René a la finca de Villamantilla para que le ayudasen en alguna tarea. Nico y Lorenzo se vieron con Miguel en el sótano.

    —Tú sabes de explosivos, ¿no?

    —Un poco. ¿Por?

    —Cuando fuimos a Valencia me contaste que habías trabajado con barrenos en una cantera de la sierra.

    —Así es, pero yo no los fabricaba. Me limitaba a ponerlos y hacerlos explotar.

    —¿Serías capaz de fabricar un explosivo ruidoso y no muy potente?

    —¿Se pué saber en que andáis metíos?

  • 23.  Descubierto

    Viernes, veintiuno de junio, San Luis Gonzaga. Fiesta de fin de curso en el colegio Santa María de Ziteil. Onomástica de su propietario. Precisamente el mismo día en que Roma designaba Vicario de Cristo al arzobispo de Milán.

    Filadelfo Antúnez abrió la sesión a las diez y media de la mañana. El salón de actos estaba rebosante de padres, familiares y allegados de los alumnos. Una breve alocución repasando los acontecimientos reseñables del curso; entrega de diplomas a los escolares que más veces habían visitado el cuadro de honor; agradecimientos varios y presentación del primer acto de celebración: el entremés titulado Ganas de reñir, de los hermanos Álvarez Quintero, con doña Lombarda, la profe de Lengua, en el papel de Martirio y el señor Mariano, conserje de la institución —que no tuvo que imitar el acento sevillano porque era natural de Morón de la Frontera— en el papel de Julián.

  • 24.  El golpe

    Resulta muy difícil mantener la serenidad cuando se está a punto de poseer una gran cantidad de dinero. Toda una fortuna; especialmente para personas sencillas cuyas vidas habían transcurrido en absoluta precariedad, bordeando la pobreza y con frecuentes incursiones en la miseria. Personas acostumbradas a la cotidiana contención del gasto, haciendo malabarismos para atender las necesidades más primarias de la familia; estirando los dineros, siempre cortos. Familias instaladas en la escasez, padeciendo los rigores del invierno y las calamidades derivadas de una educación deficiente, incapaz de sacar a sus hijos del pozo de la ignorancia; personas para las que una alegría económica era siempre un episodio breve y excepcional. Por eso Tina está inquieta durante el trayecto de regreso a Madrid. «Somos ricos, hermana», había dicho Nico. Nadie sabe cuánto dinero había en la caja. Nico dice que mucho y Lorenzo lo confirmó. Cuánto es mucho para ellos. ¿Un millón? ¿Tal vez dos? Si hubiese un millón, le corresponderían alrededor de ciento sesenta mil pesetas. «¡Ciento sesenta mil pesetas, Dios mío! —se dice—. Podría montar mi propia peluquería y abandonar esta vida que llevo. Mamá podría ayudarme, todavía es joven. Incluso el mequetrefe de Nico trabajaría con nosotras, pero eso sí, antes le mandaría a que hiciese el mejor curso de peluquería; bien instruido, bien vestido y con su labia, estoy segura de que haría carrera»

  • 25.  Regreso al infierno

    «Juan el Bautista es el único santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento; cabalmente seis meses antes que el de Jesús». Eso decía el calendario que reposaba sobre la mesa de don Luis, señalando el día actual.

    Clarita golpeó discretamente la puerta y entró en el despacho. Apoyó la espalda para cerrar y con cierta alarma dijo:

    —Don Luis, tenemos aquí al cura del viernes.

    —¿Viene solo? —Clarita asintió—. Parece que ha madrugado el jodío curita. Creí que se habrían convencido de que Hugo y Rodrigo no son el mismo niño. Pásele a la sala y dígale que dentro de unos minutos iré a verle.

    Al otro lado de la mesa Josefa y Tina cruzaron miradas de incertidumbre. Tal y como había sugerido su hija, pensó que no debería haber traído a Hugo al colegio, pero el director había dicho que de momento no había peligro…

    —No se alarmen. Voy a hablar con él a ver qué quiere. Es buena señal que el oficial de la Guardia Civil no le acompañe. Espérenme aquí y en cuanto le despida sabremos cómo están las cosas y entonces podremos decidir qué hacer.

    Sale.

    Alfonso Teruel había hablado por fin con el hermano Lucas. El diálogo transcurrió en estos términos:

    —Necesito que me confirme que el niño que usted vio el pasado viernes en Madrid, en la fiesta de fin de curso del colegio Ziteil, era Hugo.

    —Se lo confirmo.

    —El aspecto del niño y sus documentos no coinciden con Hugo.

    —¿Está seguro?

     

  • 26.  Pan, amor y fantasía

    El Don Bosco era toda una institución en Costa Rica desde que la orden instalara un hospicio en el centro de San José en las primeras décadas del siglo. Ahora se disponía a iniciar la construcción de un nuevo colegio de Artes y Oficios para trescientos alumnos, sobre un terreno de algo más de cuatro hectáreas en el distrito de Zapote. Las obras, bajo la dirección del arquitecto don Benjamín Cañas, acababan de empezar. El nuevo Papa, que estaba muy interesado en el proyecto —Roma financiaba una parte del gasto— había pedido a su amigo el arzobispo de Valladolid que echase un ojo, sobre todo durante esos primeros meses en que el seguimiento del gasto resultaba primordial. El Papa, en fin, quería allí un hombre de confianza que hablase español, que vigilase discretamente e informase personalmente al arzobispo.

    —Nos estamos interesados en el desarrollo del programa —dice.

    —¿En calidad de qué he de mandar a ese hombre, Santidad?

    —Ya se te ocurrirá algo, amigo José, ma non ritardare; la ruota è già in rotazione.

    Así que cuando Alfonso Teruel puso el informe del colegio en manos de García Goldaraz y vendió con habilidad y discreción su silencio al precio de una adopción rápida para Hugo e indulgencia para la familia, don José encontró al hombre adecuado y la excusa perfecta.

    —Solo estarás allí hasta final de año. Luego, si es menester, te buscaré sustituto.

    —¿Cuándo tendría que partir?

    —Enseguida.

    —¿Qué pasará con Hugo?

    —Se quedará con la familia de acogida hasta que se formalice su adopción, te lo prometo.

     

  • 27.  La diáspora

    El martes veinticinco el arzobispo se presentó en la prelatura. Teruel lo asaltó en cuanto lo vio. Besó el anillo, le expresó el deseo de que hubiera tenido una buena estancia en el Vaticano y un buen viaje de regreso, e inmediatamente pidió hablarle en privado. Sorprendido, don José le hizo pasar a su despacho. El cura le entregó entonces el dossier que había elaborado.

    —Sé que tendrá usted un millón de cosas que atender después de varios días ausente, Excelencia, pero esto es un asunto de suma gravedad y urgencia.

    —¿Debo preocuparme? —preguntó el prelado sin salir de su extrañeza.

    —Eso me temo, don José.

    —Está bien. Déjame despachar el correo urgente y luego te llamo.